7 de septiembre de 2012

EMPERATRIZ DE HIELO (II)


Había perdido la cuenta de los días que pasaron desde su última incursión en las lindes del bosque. Nada le había impedido regresar. Es más, en su interior cada vez era mayor la necesidad de hacerlo. Un intangible que no podía compartir con nadie, que le quitaba el sueño. Creyó que manteniéndose lejos perdería importancia hasta acabar cayendo en el olvido... o al menos eso fue lo que quiso creer, pues ante aquello que se hacía fuerte ahí dentro, de poco servía la razón. De hecho, cuanto más se esforzaba en encontrar una explicación, antes llegaba al mismo punto de no retorno. 

Y es que en cierta ocasión tuvo la oportunidad de intercambiar unas palabras con un viajero llegado de las tierras baldías del norte. Fatigado después de recorrer el monte desde el amanecer, recordaba haberse sentado en un poyo de granito muy cerca de la ermita de Tver. Sucedió a última hora de la tarde que, a lo lejos, distinguió la figura de un peregrino bajando por el camino de grava. Este fue hacia él hasta que literalmente tuvo su sayo al alcance de la mano, pues tomó asiento en la misma piedra. Sólo le dedicó un gesto amable, no articuló palabra y por ello pensó que hablaría algún dialecto septentrional. 

Pero cuando se incorporó para volver al hogar y dejar atrás a aquel desconocido, escuchó algo que desde entonces echó raíces en su memoria. Y él, que durante largos años libró algunas de las batallas más importantes de su tiempo y pensó que el honor, reconocimiento y riquezas ganados a base de acero y pólvora eran premio suficiente, fue consciente de todo cuanto encerraba tal afirmación y no tuvo más remedio que asentir. Allí permaneció hasta que la noche lo envolvió todo y la conversación se extinguió tal y como hicieron antes las lumbres allá en la aldea. 


"Son las pequeñas cosas las que dan sentido a la vida", exclamó en voz alta todos esos años después mientras yacía en aquel camastro. Algo que, sin duda, no había logrado hallar todavía. Había vuelto en sí y aunque en ese mismo momento podría haberse detenido a pensar por enésima vez en todos esos hombres que jamás volvieron de entre los árboles, como aquella última docena que vio marchar, se negó a seguir pensando. El reto era lo suficientemente tentador como para decidirse sin más. 

Ni siquiera llevó consigo un arma de fuego, pues si en verdad un ejército le sorprendía en mitad de la nada, de poco le serviría. La espada sí, pero para abrirse paso entre la maleza, además de ropa de abrigo y un zurrón que llenó con lo que encontró en la despensa. Cerró el portón, guardó la llave, echó un último vistazo en derredor y ensilló. Cuando llegó a su destino el sol, justo sobre sus cabezas, aún calentaba. El otoño era joven y la cigarra rompía un silencio que parecía exhalar el bosque, que se alzaba desafiante ante hombre y caballo. La bestia vaciló, pero él nunca lo tuvo tan claro.

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