30 de agosto de 2012

EMPERATRIZ DE HIELO


Cuando quiso darse cuenta, las nubes habían superado las colinas y habían descendido a jirones hasta reagruparse en el extremo más oriental del bosque. Allí, en los cañaverales, quién sabe si tratando de adelantarse a la tormenta que se cernía sobre ellas, las zancudas se afanaban en hacerse con las últimas capturas de la jornada. Y es que el sol también parecía apresurarse y querer partir cuanto antes, aunque para cuando la luz se extinguiera definitivamente y la lluvia se precipitara sobre él, estaría lejos del lugar . 

Mientras tanto continuaba en ese recodo del sendero donde los árboles se entrelazaban con las zarzas que trepaban por la corteza de sus troncos, ocultando a hombre y a caballo. La diestra, en las riendas, y la siniestra, sobre la sien del animal, porque ambos debían mantener la calma. Ver sin ser vistos, evitando cualquier movimiento más brusco de lo normal. Al fin y al cabo aquellos mil pies que habría entre ellos y esos otros jinetes no serían ventaja cómoda en caso de ser descubiertos como ya sucediera semanas atrás. 

En esta ocasión el grupo era más numeroso que de costumbre. Cerca de una docena de soldados, la mayoría a caballo, entre los que distinguía al menos la figura de un coronel. A cualquiera le llamaría la atención ver cómo pese a la ferocidad de los combates en el sur, no había día que pasara sin que una expedición se adentrara en el bosque en busca de algo tan etéreo. ¿Por qué jugarse la vida de una manera tan irracional como la guerra de la que huían?


Lo cierto es que había quienes llegaban huyendo de las pilas de cadáveres, tentados por la curiosidad más que por otra cosa, pero otros acudían expresamente hasta allí incluso desde los territorios más orientales. Y todos con el único fin de conseguir lo que jamás nadie antes había logrado. Los más ni siquiera regresaron de aquel incierto viaje a través de la espesura y los menos, quienes corrían mejor suerte, tampoco eran capaces de explicar lo sucedido.

Innumerables leyendas se escuchaban en las fondas, pero había una que afirmaba que justo en lo más profundo del bosque, donde se volvía a apartar la vegetación después de días y noches sin ver el cielo, se alzaba una fortaleza desde la que, siglos antes de que la guerra amenazara con resquebrajarlo todo, en verdad gobernó un linaje cuyo desenlace nunca quedó resuelto... hasta el punto de que sus descendientes continuarían viviendo allí, ajenos al mundo exterior y manteniendo a salvo de este una fortuna sin parangón.

En las aldeas o en los cruces de caminos siempre había alguien que no dudaba en añadir alguna especie de regimiento de ultratumba al servicio de los guardianes de la fortaleza. Es más, en alguna de estas historias eran hechiceros y su juventud, perenne. Él mismo estaba cansado de escucharlas, "cuentos de viejas" se decía, y quizás por ello cada vez le costaba más entenderse a sí mismo, el porqué de su interés por un imposible.

¿CONTINUARÁ?

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